Siempre es tentador y divertido teorizar sobre las personas a las que se conoce y admira, como yo conozco y admiro a José. Y también suele ser más lúcido. Pero por una vez voy a resistir a la tentación y a hacer un elucidario de sus obras, puesto que me parece que éstas son, dentro de su belleza evidente, lo bastante intelectuales y cargadas de símbolos como para demandar alguna explicación. Estas esculturas, hijas de mi hermano al fin y al cabo, son consecuentemente sobrinas mías, por lo que puedo presumir de conocer un poco su intimidad.
José, lejos de ser un escultor primitivo, un sencillo picapedrero enamorado del arte, es actualmente un escultor sociológico y sutil, que traslada elaboradas observaciones particulares al barro para aplaudir o criticar la tragicomedia del mundo, para viviseccionarlo en definitiva y contarlo con barro. Tampoco es José un escultor redundante o monomaníaco, pues dista mucho de ser hombre de una sola idea. Es mas bien un humanista de la escultura, un pensador que modela. De manera que su obra es culta, miscelánica y universalista. José es varios escultores en uno. Y esto anima y multiplica su obra.
En el ecléctico egomundi de bronce y barro que José nos presenta, dominan las figuras desasosegante. Los perros difuntos son, probablemente, los perros mejor muertos que he visto en mi vida (incluyendo a sus congéneres de carne y hueso que acaban de abandonar este mundo. Y la única cosa decente que se puede hacer en su presencia es sentir un escalofrío. Las figuras pintadas, desde su mirada congelada de seres rotos y alienados, nos transmiten un mensaje de vacío e impotencia, que se corresponde con la falta de perspectivas honorables de muchos ciudadanos que disimulan mejor.(Todos somos, incluso los más exitosos, individuos frustrados, y cada día lo somos un poco más. Y lo primero es ocultarlo). Su carne, flaca de una desnudez paradigmática, que no es ni mucho menos el desnudo ansiado y afrodisíaco, el desnudo prepotente al que estamos acostumbrados, nos habla de una indefensión seguramente asumida. Son personajes aparentemente frágiles y desahuciados, y sin embargo poseen una rara dignidad que obliga a respetarles. Ser un ser humano es una profesión ardua, por mucho que todos tengamos que desempeñarla, y tal vez estos personajes rígidos y profundamente tristes, nos quitan las ganas de reír porque nos estén mostrando sin pudor sus miserias interiores, que son también las nuestras.
Otras figuras patéticas que raptan la atención del observador, son las figuras encerradas en armarios. Creo que nos están explicando mudamente dos cosas: De un lado, su desvalimiento orgulloso y su carnalidad antiestética, parecen querer recordarnos que somos un proyecto frustrado de dioses, que como animales también somos feos y defectuosos, y que incluso hemos acabado por renunciar a la tantálica felicidad idemnizadora, en la que, por cierto, no es necesario creer, porque la felicidad no es más que la resignación optimista.
De otro lado, haciendo una interpretación que es al mismo tiempo infantil y existencialista, podemos colegir que estas dos figuras están enjauladas en sus propias soledades inviolables y sin salida. Nuestra soledad es lo único verdaderamente propio que poseemos, lo único que nos puede elevar y ,paradójicamente, lo que menos nos gusta. Y también me parece que con estas figuras, José ha querido rendir un homenaje a la heroica pequeñez del ser humano, colocando a los representantes de sus dos géneros principales en un altar de cristal que, naturalmente, se les queda grande.
Otra figuras son incluso atroces, como el sanguinolento Sacrificio a Xipetotec, dios mexicano de la fecundidad, cuyos sacerdotes desollaban a las víctimas inmoladas en su honor para vestirse con su piel. El personaje dominante, monolítico y aniñado (la edad media de la población no supera los doce años) sería la sociedad, consumidora de individuos en aras de bien común. Y el despojo que queda a su espalda sería el individuo consumido: sacrificado, saqueado y sodomizado (mírenle las pantorrillas sin rubor) para sementar ese bien común, lo que le convierte, sin su permiso, en un héroe social anónimo e involuntario.
Los fecundadores, deliciosos canapés de bronce, son metáforas caricaturescas del desarraigo de nuestro tiempo. Su cómico y desesperado empeño por embutirse en la tierra, o al menos poseerla como si fuera una hembra de dimensiones descomunales, inspira más compasión y ternura que risa. Y uno está deseando que logren de una vez su objetivo, pues parecen necesitarlo mucho.
Pasolini podría ser una delación de la fama. Los nuevos dioses del laico mundo contemporáneo son los famosos, y ahora que nos hemos vuelto adoradores de famosos como los anglosajones, (está de moda querer ser anglosajón) no tenemos dificultades excesivas para entender que el Pasolini de José es manco porque , perteneciente al mundo de los famosos, lo de menos son sus obras. El famoso es un símbolo semoviente, un arquetipo, y como tal recibe la servil oferta del vulgo, representado en este caso por la figura inferior. Y eso que el famoso medio no suele ser más que un pelmazo oportunista y vanidoso.
Los estuches rellenos de individuos simbolizan nuestras limitaciones, y sus habitantes parecen resignado s a vivir en sus respectivos lechos de Procusto. Y si todavía sonríen disciplentemente, es porque lo último es sentirse compadecido. No les compadezcan ustedes: en el fondo, todos habitamos en cajas de zapatos.
Los personajes mitológico s, o más bien tetratológicos, de José, forman una trinidad que nos habla de cambios sustanciales. Los mitos y las tradiciones milenarias se han desmoronado. Saturno no se cree lo que ve: su propio hijo está devorándole, doble alegoría del a prisa o devoración frenética del tiempo que se ha enseñoreado de nuestro siglo, y la desjerarquización de la familia. El Minotauro tampoco acaba de creerse lo que le sucede y se mira hamletianamente su pezuña. Y el centauro, incrédulo también , se contempla la mano que le queda con preocupación. No es para menos, las viejas tradiciones les mantenían en pie y les alimentaban, pero ahora están descentrados y sufren en stress y la cocacolización como todo el mundo.
El Altar a Nuestras Democracias, tal vez la vedette de la exposición, es un enorme bebé hijo de todos los ciudadanos bienpensantes. Representa a la democracia que produce ininterrumpidamente la energía sin la cual nuestras vidas serían miserables. La Administración administra la Democracia sacerdotalmente, pues este bebé es el Mesías recién nacido de la Civilización Occidental, y como tal hay que protegerle y conservarle igual que nuestros remotos antepasados protegían y conservaban el fuego sagrado del Cuaternario, elemento vital para su existencia. La democracia es pues, el tabernáculo, tótem o altar de la Religión Occidental, y debemos seguir su culto fielmente y hacer genuflexiones en su santa presencia, o seremos excomulgados. Para conservar la vida de este precioso bebé artificial, todos los medios son pocos, pero la todopoderosa publicidad de nuestro tiempo (que nos viola constantemente por los ojos y por las orejas), le permite sobrevivir a pesar de sus malvados enemigos. José ha recogido en tan sólo tres días de atención a la prensa, la radio y la televisión, todas las frases alusivas que ustedes leen en el plinto.
Los niños-faunos sin embargo, felices, somnolentes y retozones en sus islotes de felicidad, nos invitan a pensar en una aceptación acéfala y espontánea del medio.
En una edad de oro que José escenifica con imágenes oníricas y suaves colores. Yo creo que se trata de la edad de oro post-estatal.
Y, al final de este paseo particular por las obras de José, nos encontramos aún con la monumental Puerta del Purgatorio, original ingenio que nos muestra las absurdas entrañas de nuestro subconsciente, el cual está poblado por innumerables ideas , conceptos y definiciones tan rápidamente desechadas y arrinconadas por las modas que pasan a velocidad de cine mudo, tan irreconciliables entre sí, y tan esquizofrénicas, que vivimos lamentablemente condenados ala mediocridad y a la indefinición. El verdadero Purgatorio ya no es un sótano del cielo donde practican torturas menores, sino el aburrimiento. El aburrimiento o vacío que nos producen nuestra sabiduría desperdiciada y nuestra indefinición. Pero sospecho con fundamento que esta escultura un tanto diabólica, intenta divertirse un poco a nuestra costa, sugiriéndonos la paradoja de la lleno que, en el fondo, está nuestro vacío. Las obras de arte inteligentes siempre juegan con el espectador.
Como hemos visto, la exhuberancia creadora de José, le lleva a poner en circulación seres de muy distinta naturaleza. Unos son monstruosos y otros delicados; unos nos divierten y otros nos alarman. Algunos incluso parecen sacarnos la lengua delante de todo el mundo; otros, por el contrario, nos piden socorro desde sus peanas, y a otros habrá que mirarles muy de cerca para intentar arrancarles su misterio como de momias incas, que entender algo es poseerlo un poco. Pero la suya es, sobre todo, una obra rebosante de amor y de humor bien ligados, como ha de ser toda obra maestra, y, es que, desde luego, José no carece de ninguna de las herramientas precisas para ser un extraordinario escultor: técnica, talento y trabajo. Es un honor para mí tener que decirlo.
Fernando Cobo
Mayo, 1988.