José Cobo, Master of Fine Arts por el Departamento de Escultura de la School del Art Institute of Chicago, ha realizado su último trabajo en el marco de esta misma institución. Un breve recorrido por sus últimas exposiciones, desde la realizada en la Fundación Marcelino Botín en 1988, Galería Emilio Navarro (1989) o las últimas en la Galería Alejandro Sales, Barcelona y Chicago (1992 y 93) y sin olvidar la obra expuesta en Fernando Silió (1991), permite coincidir con el juicio que el crítico e historiador Robert Loescher ha hecho de su obra, al reconocer en ella un punto de partida, que podría explicarse como una “inicial similitud con el representacionismo romántico”. Es cierto que podemos identificar en la obra de Cobo una serie de presupuestos figurativos y expresivos que, sin duda, son de herencia romántica, pero habría que advertir que sobre esa matriz primera opera un proceso de enfriamiento del lenguaje que introduce su obra en una perspectiva mas próxima a nuestra época. Bastaría asomarse a sus trabajos de los primeros 90 para reconocer en ellos la búsqueda de un lenguaje propio, marcado en estos casos por una eficaz deuda expresionista, tanto por lo que se refiere a los aspectos formales como a los procesos mismos de realización de la obra. En efecto, apropiándose de una tradición que ha vuelto interpretar lo figurativo, lo somete a una lectura propia, a través de la cual se hacen explícitas las intenciones que dominan su trabajo. La afirmación de un cierto escepticismo, marcado por un gesto próximo a una concepción critica de la concepción humana, hace que incida en los aspectos propiamente expresivos de sus personajes. El carácter dramático, expuesto, doloroso incluso, nos remite necesariamente a una tradición no sólo romántico-expresionista, sino también a la tradición barroca de un Berruguete. Si, por una parte, se acentúan las huellas del trabajo, una especie de corporeidad afirmada, que permite representar una tensión entre interior y exterior; por otra, la policromía decide por un sentido de verosimilitud que no sólo corporeiza sino que hace próxima la apariencia. Se podría observar un cierto conocimiento y comprensión, en algunas de sus obras, de fórmulas manieristas y barrocas. Una intención que el expresionismo hizo suya y reformuló, y que ahora vuelven a aparecer en el trabajo de José Cobo. Al margen de lo que podría interpretarse como básicamente retórico, lo que aquí domina es una tensión entre la apariencia y el sentido. Es así que el arte se acerca a la vida, tal como el mismo Cobo escribe: “Nos retratamos y también pintamos nuestras emociones, luego las idealizamos y erigimos monumentos a nuestras creencias. Pero, sobre todo, construimos objetos que atestiguan nuestro paso”.


Francisco Jarauta.